skip to main | skip to sidebar

miércoles, 22 de febrero de 2012

Pink Floyd - Animals (1977)



Tal vez lo que Wagner fue en la época para la ópera lo haya sido Pink Floyd para el rock. En ese crepúsculo de la experimentación que representaron los 70’s, y debido al vigoroso ímpetu con que la psicodelia se elevó a la categoría de género, la banda se identificó pronto con ese desencanto que acecha siempre al éxito, con ese estupor romántico que impregna todas sus canciones, hasta el punto de que el aura profética del grupo se transformó en su propia esencia, y toda la evolución previa y la progresión artística convergieron finalmente en su música, de la que acaso este Animals es, por cierto, su obra más lograda y más auténtica.

Porque de ese aire enrarecido de mundo que sucumbe no nos podremos jamás desembarazar. El hilo narrativo del disco goza de una épica monumental, de una heroicidad impersonal no por eso menos decadente. De ahí que los vientos folk que soplan al principio y al final de Animals tan sólo brinden el reflejo de un momento de alivio, de un instante de lírica y suave vanidad, pues a pesar de su tibieza y de la profundidad de su sonido, parecen estar hablándonos desde la distancia.

En efecto, ¿qué significa escuchar a Pink Floyd? Si lo describiéramos en pocas palabras, diríamos que es una de las experiencias musicales más satisfactorias que uno puede encontrar hoy en día. Un grupo único, etéreo; una de las bandas de rock más grandes que ha habido nunca; líderes y pioneros del progresivo durante la segunda mitad de los años setenta, música trascendental que busca tocar las fibras sensibles del oyente, trasladándolo a unos parajes desconocidos, invitándolo a sentir la historia de su música.



La magia del grupo comienza en 1971, año en que se inaugura la etapa progresiva de Pink Floyd. En ella se desmarcan de sus raíces más psicodélicas y experimentales y sale a la luz la magnífica 'Echoes', que resulta totalmente innovadora, rompedora y futurista. Una suite dilatadísima que da el pistoletazo de salida a su época más gloriosa.

Seguimos en el 73 con el magnífico Dark Side of The Moon, que es uno de los discos más influyentes de la historia, una obra impecable y trascendental. Un álbum que los catapultó al olimpo de la música, poniendo a sus pies a crítica y público. Revolucionario en todos los aspectos, alzó ese rock puro y sin adornos hasta el altar del arte atemporal –adjetivos todos insuficientes para esta obra magna de la música contemporánea.

Nos encontramos, pues, ya en el año 1977, con la publicación de Animals y con una banda fragmentada, consumida a consecuencia de la fama y las presiones del éxito. No hay que olvidar que Pink Floyd fue la banda de rock más importante de aquellos años, lo que terminó por destruirlos. Pero antes de que se apagara su llama para siempre, nos dejaron como legado un disco hermoso y crudo a la vez como es este Animals. Porque Pink Floyd era ya una banda rota por dentro. Aunque musicalmente este aspecto no se aprecia, supongo que la indiferencia y el desprecio que se tenían entonces entre ellos contribuyeron a dotar de mayores dosis de angustia y desesperanza a la producción del álbum. Porque, es cierto, este no es un álbum optimista. De inspiración directa de la obra de George Orwell, Rebelión en la Granja, se nos muestra una durísima crítica social a los diferentes estratos de la civilización.



Brutal y explícita crítica a la política, a los ricos, a los ejércitos, un canto en contra de la opresión del dinero y la corrupción del alma humana: Ovejas, Cerdos y Perros… Una hojeada a las letras basta para captar rápidamente toda la ira y desesperanza que se nos trasmite en el transcurso del álbum. La enorme Dogs, irresoluble en sus 17 minutos de gloria, que transmite una tensión latente que realmente llega a ahogar la respiración y cuya parte final explota con enorme furia. Qué decir, luego, de Pigs: ''Big man, Pig man, haha, Charade you are'' nos escupe en la cara Roger Waters. Y no debemos olvidar el emotivo, sensacional solo final de guitarra con el que nos deleita David Gilmour, que resulta inolvidable y que eleva la canción al cielo con su exquisita técnica. Por último Sheep, para mí un poco por debajo de las anteriores, pero igualmente sublime. Y así, de la misma manera como comenzó, el disco se cierra con una balada acústica para recuperar el aliento.

En definitiva, un disco redondo, enorme e irrepetible. Quizá no sea su obra maestra, pero yo considero que destila toda la esencia de lo que significó Pink Floyd en su día y sigue significando. Disfrutadlo al máximo.


Los Temazos: Dogs, Pigs(Three Different Ones)
Etiquetas: Rock Progresivo




0 comentarios:

Publicar un comentario