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miércoles, 25 de julio de 2012

Bill Withers - Live at Carnegie Hall (1973)




Un personaje de la categoría de Rico McClarrin dijo en una de sus mágicas veladas que el blues consiste en las raíces (“the roots”) y el soul en el fruto (“the fruits”). En realidad venía a introducir una versión de un tal Bill Withers, de “Use me” en concreto, después de haberse marcado otra de Howlin´ Wolf. Quería, así, dar el salto de una etapa, de un estilo o tal vez de una forma de entender la música a otra. Y puesto que este polifacético actor y showman de la escena conoce ambas a la perfección, la fiesta, por supuesto, no decayó.

Uno se pregunta, sin embargo, si el soul de Bill Withers (Slab Fork, West Virginia, 1938) acaso no es también algo más que lo que conocemos como soul. Ya a principios de los 70’ era común la denominación de “rey” para la canonización de una estrella de la música. Withers, pese a su inmediato éxito, jamás se arrogó dicho título. A su paso por Columbia, y como bien es sabido entre sus seguidores, abandonó su carrera. Lo hizo para dedicarse a su familia y sus amigos. Corría el año 1985. En el documental que trata sobre su vida, Still Bill (2009) confesó que le había interesado continuar en el negocio por un tiempo, siempre y cuando no participase en el juego de la fama. “Pero no me salió muy bien. El juego de la fama me pegó una buena paliza.” Y es que ese juego es precisamente lo opuesto al alma de este autor y a su manera de sentir la música.

En aquella época, Withers ya era todo un icono musical en Norteamérica y sus canciones habían sido objeto de múltiples versiones (por parte de Michael Jackson, Tom Jones, Barbra Streisand, Paul McCartney y Mick Jagger entre otros). Hijo de un minero y de una chacha, el menor de seis hermanos, perdió a su padre a los 13 y se alistó en la marina a los 17, de donde volvió tarareando canciones y como un experto instalador de lavabos y baños. En 1967 aparcó en Los Ángeles. Sus demos autofinanciadas en la Watts 103rd Street Band lo revelaron a Ray Jackson, quien mandó algunas de sus canciones a Sussex, y es allí donde grabó su primer disco. Su productor fue el gran Booker T. Jones y en dicho álbum, Just As I Am (1971) se incluían ya esos míticos himnos de la generación de principios de los 70’ que son “Ain´t No Sunshine” y “Harlem”.

Este Bill Withers - Live At Carnegie Hall (1973), grabado en el legendario teatro de Nueva York, sigue al segundo de sus discos, el emblemático Still Bill (1972), y recoge casi en su totalidad la grandeza de ambos sin apenas detrimento. Aquí su soul se muestra, en efecto, como un acontecimiento único e irrepetible, tan lejos de los Grammy como de los Halls de la Fama, tan lejos de las listas de éxitos como de la élite musical de aquel momento. Pocos trabajos en directo han logrado lo que éste: mantener el espíritu musical vivo, radiante, frente al predominio del trabajo de estudio. Ciertas piezas suenan, de hecho, como nunca antes las habíamos oído: el bis del mencionado “Use me” parece cosa menor, es cierto; pero la ralentización –y el groove– de “Grandma´s Hands”, por ejemplo, resultan simplemente excepcionales.


Y qué decir del resto. A diferencia de los álbumes previos, éste tiene como acompañamiento una ligera pero envolvente ola de cuerdas y vientos, con la que el conjunto no pierde, no obstante, en sobriedad, mientras que gana en sofisticación. Algunas de sus canciones tienen un tono funk, otras un aire más folk; algunas proceden de aquellas iglesias negras que fueran la cuna del soul; otras, de un círculo formado alrededor de una hoguera que crepita en mitad de la nada; pero el todo permanece humano, la letra cruda y cálida a partes iguales, y el corazón honesto.

World Keeps Going Around” incluye, además, esa soberbia progresión cuya línea de bajo y cuyos punteos de guitarra quedarán grabados en la memoria; “Lean on me”, por otra parte, es sin duda, junto a “Use me”, uno de los himnos ya recogidos en su anterior Still Bill y, por qué no, también el de toda una época; y “Lonely Town, Lonely Street”, por mencionar tan sólo una más, es de nuevo una demostración del grubazo de Withers y de su impresionante maestría compositiva, vocal e instrumental –además de ser una particular visión de la soledad propia de las grandes ciudades de nuestro tiempo.

Así pues, Withers no sólo impregna de personalidad y carácter cada tema, cada acorde, cada gemido incluso, sino que además consigue, en el desarrollo de un mismo concierto, plasmar toda esa constelación de emociones y pensamientos que lo definen y que lo han consagrado como referencia esencial en la historia de la música contemporánea.

Recomendamos darle al menos una oportunidad, porque es probable que el condenado Bill Withers sea, aparte de un modelo de dignidad e integridad moral, el mortal con el más grande y más auténtico groove que ha pisado esta tierra. En solitario, con tan sólo su voz y su guitarra, sería ya capaz de producir en nosotros ese escalofrío de entusiasmo y alegría que su carisma y su talento generan. Y qué mejor que abandonarse a él siquiera por unos momentos. Como un músico sin par, como un artista genial y, sobre todo, como un verdadero amigo, como uno de los mejores amigos que nos ha dado la música, él nos acompaña. Y así, mientras el mundo siga y siga dando vueltas, ahí estará nuestro Bill, todavía Bill: siempre Bill. Esperamos que os guste.

(Agradecemos una vez más a Keirrison por otra de sus colaboraciones para Vanishing Rock)





Los Temazos:  Use Me, Friend of Mine, Ain’t no Sunshine, Grandma´s Hands, Lean on Me, Lonely Town Lonely Street
Etiquetas: Soul

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